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miércoles, 28 de octubre de 2009

Capítulo Uno. [ FRAGMENTO ]



  Heme aquí escribiendo, después del domingo familiar.
Sin mucha inspiración, cansado. La fatiga invade mi pecho, nuevamente me hace sentir vacío. Pero anoche, anoche estaba lleno de vida. Supe que tenía diecinueve años de edad, y que por más que este en mis últimos momentos de adolescente, y que más tarde cuando vuelva a leer esto me va a dar vergüenza compartirlo con mis amigos, y por más incierto que me parezca mi próximo paradero, sé que este momento, anoche, no lo voy a olvidar cuando me lleguen los treinta.
 Los días anteriores había también un sentimiento vacío, anhelado, eso que todos tenemos dentro, y que en mayor o menor medida podemos complementar a lo largo de nuestra existencia, saber que esto, generalmente, debería pasar cuando sea mayor no me significo una pasada en alto. Estaba ahí, mi alma dividida en dos cuerpos buscando reencontrarse. Lo anhelaba, y mucho, ¿ya no había vacante en un cuerpo femenino para mi otra parte? Realmente eso no me interesa, lo que buscaba era sentir su amor aunque sea de cerca, aunque sea de lejos, pero tener noción de que estaba ahí, también esperando por mí. Todavía no se presento, tantas presencias… y en ninguna vos. Era como estar en el lugar equivocado y en el momento equivocado, no viviendo para mi mismo sino para las otras personas, expectante a que algo que nunca me iba a parecer anormal, lo fuera. La tierra perece a nuestros pies, y precisamente hacia eso vamos, para eso nacemos, para perecer, y yo no quiero la discontinuidad, prefiero antes vivir.
 Ese sábado salí de mi casa alrededor de las nueve en punto pasado el mediodía, mi amigo tenía una decena de llamadas sin respuesta. Hasta que me dispuse a revisar mi celular. Mensajes, llamadas, y un buzón de voz estaban ahí, esperando a que yo les de el “okay” y de manera automática me guíen de nuevo al sin fin de la realidad virtual. Acordé en usar una vestimenta que no usaba hace mucho, ser el slogan del chico bien argentino, el prejuicioso, el que habla de mujeres, el que se gana al mundo con su exterior… hasta que me puse el saco de pana verde. Fue cuando me di cuenta que el blazer contradecía la imagen que quería dar, y lo medite durante minutos. Miles de respuestas, preguntas, y sobre todo bronca invadió mi cabeza, por qué ser un holograma estereotipado de lo que debería o no ser, preguntas como qué quiero para mi vida, qué estoy esperando, estoy en estado vegetativo, si soy pensado o no, si alguien me desea, si soy malo, bueno, si tengo que ser bueno para con los demás o tengo que ser bueno para conmigo, la visión justiciera del libriano no toleraba más la represión interior, sea viviendo en Buenos Aires o en Palestina, las cosas por dentro siempre son iguales, en la mente de las personas se puede escuchar el grito de su perversidad, el hacer sentir mal al otro para por lo menos poder ser feliz un minuto de su vida, con que necesidad arruinar la felicidad del otro. Eso yo no lo quería para mí. Quería sentirme libre de complejos, de miradas acusadoras, no quería que esa gente se me acercara, pude recrear en un minuto un movimiento cósmico, que duro lo que el viento entre mis manos. Estaba convencido que esta noche, anoche, iba a matar, iba a salir a matar, a matar las miradas, prejuicios, pensamientos, risas, matar con superioridad como solo los grandes pueden hacerlo, con la ignorancia, y poder perdonar.

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